Preguntó si allí vendía empanadas Alba, la viuda de Enrique. Acá vivió y trabajó, pero eso fue hace mucho, contestó un hombre viejo alegremente. Qué pena más grande, contestó Facundo, hace doce días que la busco y pronto tendré que volver a Valparaíso. El Hombre Viejo lo hizo pasar, le dijo que estaba a punto de almorzar y si quería acompañarlo. Facundo dijo que sí, por supuesto. Después el Hombre Viejo le confesó que hace ya dos años Alba había muerto. De pronto el Hombre Viejo pareció entristecerse, y Facundo se dijo que la culpa era suya. El Hombre Viejo había conocido a Alba y tenía una buena impresión de ella: una mujer de carácter fuerte, de esas italianas mañosas, pero en el fondo con un corazón enorme. Yo no la conocí, dijo Facundo, en realidad la buscaba para entregarle la noticia de la muerte de su hija, pero creo que es mejor así, siempre es terrible decirle a alguien que se le ha muerto un hijo. Eso es imposible, dijo el Hombre Viejo. Ella sólo tenía una hija, y ésta aún estaba viva cuando Alba murió. Eso lo sé bien, pues fui muy cercano a ella. Facundo sintió que la cazuela le quemaba el estómago. ¿Sólo una hija? Sí, una solterona muy buena para hablar, no sé por qué no se casó nunca, supongo que era insegura de sí misma, por eso hablaba tanto. Entonces debemos estar confundidos, debemos estar hablando de familias diferentes. ¿La hija de Alba ya no vive en Chiloé? Murió el año pasado, en un hospital de Puerto Montt, eso me dijeron, éramos cercanos, pero nunca la fui a ver al hospital, no teníamos una amistad tan grande. ¿De qué murió? Creo que de cáncer, dijo el Hombre Viejo mirando el techo. ¿Era comunista, no?, dijo Facundo apenas sacando la voz. Puede ser, dijo el Hombre Viejo otra vez alegre, tenía una sonrisa contagiosa como ninguna otra, en realidad era de izquierda, no comunista, de una izquierda silenciosa, como muchos de su generación. Quedaron así después del Golpe de 1973. ¿Era evangélica? No, dijo el Hombre Viejo, aunque puede ser, a mí las cuestiones de la religión no me interesan. Aunque si hubiera sido evangélica se le hubiera notado, ¿no cree? Yo creo que era atea. ¿Cómo se llamaba ella? Sara Rivadeneira. Sara Rivadeneira. ¿Y qué hacía? Era asistente social, aunque su afición era hacer tortas, pasteles, brazos de reina, lo que fuera que tuviera que ver con pastelería y postres, tenía un don para cocinar, pero sólo para cocinar cosas dulces. Sarita Rivadeneira. ¿Está enterrada en Castro? Me parece que sí, dijo el Hombre Viejo y volvió a entristecerse.
Así que Facundo fue al cementerio de Castro y durante todo un día, acompañado por uno de los cuidadores del lugar, a quien le ofreció una buena propina, buscó la tumba de Sara Rivadeneira, extrovertida, repostera excelente, y por más que buscó no la halló.
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