El escritor chileno es considerado uno de los mejores narradores de la lengua española menores de 35 años. Entre el humo del tabaco, dice, nacieron sus historias.
Escribe: Cristian Ortega Puppo / Foto: José Ricardo Montesinos
Para Asiasur (Lima, Perú)
Hasta hace un par de meses, Alejandro no podía escribir una sola línea sin fumar. De hecho, no podía realizar ninguna acción que implique literatura sin encender un cigarrillo.
Leer, escribir, editar. Fumando. Siempre.
Todos sus libros nacieron en medio del aroma a tabaco. Bonsái, La vida privada de los árboles y Formas de volver a casa son sus novelas (todas publicadas bajo el sello español Anagrama). Bahía inútil y Mudanza, sus libros de poesía. Todos los escribió mientras fumaba, también. Sesenta cigarrillos al día, para ser exactos.
Hoy, luego de llenar cientos de veces su viejo cenicero, Zambra es uno de los escritores más reconocidos de Latinoamérica. El año 2007 fue elegido como uno de los 39 mejores narradores latinoamericanos menores de 39 años por el Hay Festival, y el 2010 la revista británica Granta lo eligió como uno de los 22 mejores narradores de la lengua española menores de 35 años. Su primera novela, Bónsai, fue llevada al cine por el cineasta chileno Cristián Jiménez y exhibida en el prestigioso Festival de Cannes el año pasado. En pocos años, ha cumplido lo que muchos escritores añoran: ser bien recibido tanto por la crítica como por el público.
Pero, ahora, después de una agotadora agenda que lo llevó por todo Hispanoamérica presentando su último libro, Formas de volver a casa, Alejandro Zambra descansa en su residencia de Santiago.
Y ya no fuma. A principios de enero se sometió a una particular terapia: dejar de fumar por medio de la hipnosis. Hasta el momento le ha resultado.
Alejandro me cuenta todo eso por el Gtalk.Hemos quedado para conversar.
–¿Sigues sin fumar, Alejandro?
–Sí, un mes y medio sin cigarrillos. Un récord.
–¿Ha cambiado en algo tu rutina de escritura?
–Bueno, he escrito menos, pero ha sido intencional. En marzo empezaré realmente a escribir mi novela nueva. Dejé de fumar en un momento en que podía poner entre paréntesis la lectura y la escritura. Digamos que estoy de vacaciones.
Formas de entender a Zambra
Cuando escribe, acepta el ruido moderado de las personas queridas moviéndose en su casa. O el de Oscuridad, su gata negra. O la música de algún vecino. No es un fanático del silencio. Cree que una frase está lista cuando se puede leer en susurros, o en voz alta, o gritando incluso. Tiene que aguantar los más diversos estados posibles. «Por lo demás, no creo que a la prosa deba exigírsele menos música que a la poesía», dice. No considera que haya escrituras prohibidas. Nunca relee sus libros, por la tentación de reescribirlos, de volver a vivir ese periodo de escritura.
Zambra se identifica con sus personajes. A pesar de que cree que sus personajes podrían ser cualquiera. Un estudiante de literatura, un futbolista, un camionero, un profesor, un fumador empedernido. Incluso cree que podrían representar a un grupo de personas. Siente que el humor es insustituible en la literatura. Y para decirlo mejor, cita a Nicanor Parra: «La verdadera seriedad es cómica».
También, aprendió que ningún libro cambiará su vida. Que escribir genera una ilusión de continuidad, «una falsa biografía que compensa, pero no borra los errores que has cometido», dice. Que lo que busca en su literatura es atrapar lo que pasaba a través suyo mientras permanecía encerrado, escribiendo.
Porque fuera de esa sombra callada del escritor, Zambra se considera un tipo normal. Uno que tiene 37 años y que cuida sus mascotas. Uno que canta con sus amigos y toca la guitarra. Que le gusta interpretar canciones de Salvatore Adamo o de Los Prisioneros. Que escucha a Spinetta y Marley en altas dosis provistas desde su iPod. Un tipo que maneja un auto rojo por Santiago y que sufre de migraña. Que le encantan el té y el sándwich de jamón con palta del Starbucks y que no va al cine hace mucho. Y aunque ha dejado de fumar, ha comenzado a volverse adicto a otras cosas. «Ahora estoy pegado a la tercera temporada de In Treatment y eso consume mi tiempo». Las series sobre psicoanalistas, dice, son su nuevo vicio.
Formas de leer a Zambra
Quizá la mejor forma de leer a Zambra es de manera ordenada. O sea: Bonsái, La vida privada de los árboles y Formas de volver a casa. En ese orden. Si hablamos de Bonsái (2006), la historia parece simple, y de hecho el mejor resumen del libro es su primer párrafo: «Al final ella muere y él se queda solo, aunque en realidad se había quedado solo varios años antes de la muerte de ella, de Emilia. Pongamos que ella se llama o se llamaba Emilia y que él se llama, se llamaba y se sigue llamando Julio. Julio y Emilia. Al final Emilia muere y Julio no muere. El resto es literatura».
A pesar de que algunos han dicho que Bonsái es un cuento largo y no una novela, Zambra cree que la diferencia entre una novela y un cuento se da en la conciencia con la que se escribió. «Por muy breve que sea mi novela, yo pensaba, al escribir, en un libro. Era, para mí, una unidad autónoma. Nunca pensé en sumarle otro relato, por ejemplo». Zambra prefiere hablar de libros más que de novelas. Y en cada uno de ellos, muestra pasajes de su vida. Ya lo decía en su último libro, Formas de volver a casa: «Leer es cubrirse la cara. Y escribir es mostrarla».
«Los lugares que menciono en mis libros son lugares en los que he vivido. No creo necesario inventar tanto. Y, por otra parte, me costaría montones. No ambientaría un relato en una ciudad que no conozco», revela Zambra. Su último libro, comienza con la mirada de un niño de nueve años en medio de la década de los ochenta, en Santiago, en plena dictadura de Pinochet. Es el reflejo de toda una generación que, de una u otra manera, se convirtió en cómplice o víctima de uno de los momentos políticos más complejos dentro de la historia de Chile. Una historia que muestra visión propia, sin dejar de lado el sentido del humor, la esencia del inocente amor juvenil y los recuerdos personales mejor guardados. Recuerdos que pareciera que Zambra tuviese frescos en su cabeza, aun cuando tienen treinta años de antigüedad.
«Tal vez tengo buena memoria, o buena memoria involuntaria. Entonces me aferro a lo que he oído: a las frases que, por decirlo así, ya han pasado la prueba de la vida. Frases que ya han sido, que ya han servido para acercar o para distanciar a las personas», comenta Zambra.
¿Al momento de trabajar en una novela, dejas que personas de confianza lean tus avances?
Por veces trabajo secreta, celosamente. Pero normalmente molesto a lectores amigos con llamadas telefónicas, o con repentinas e inesperadas visitas. Incluso, recuerdo que una vez desperté a una lectora para que aprobara una frase. A mis lectores cercanos les hago caso ciegamente. Hasta cuando no estoy de acuerdo, me obligo a validar el punto de vista ajeno. Puedo asegurar que la opinión de esas personas me interesa mucho más que la opinión del mundo.
¿Cuando escribes lo haces con una imagen previa o la formulas en el camino?
Casi siempre lo que hago es bocetear. Me dedico a escribir sin rumbo hasta que encuentro un claro, una veta, y me afano hasta dar forma a la novela o a mi fracaso. He abandonado muchos manuscritos, pero no siento nostalgia o frustración al respecto. Esas historias siempre reaparecen de alguna manera. O bien, tenías que equivocarte mucho para luego equivocarte menos.
¿Qué estás leyendo en estos momentos?
Leí recién Catálogo de juguetes, de Sandra Petrignani. Voy en la mitad de Bahía Blanca, de Martín Kohan. Ah, y ayer releí Ocio, de Fabián Casas.
Además de escritor, eres profesor de literatura en la Universidad Diego Portales. ¿Cómo es esa experiencia?
Me gusta hacer clases. Y durante esa hora y media no hay nada más importante para mí que hilar algunas ideas y comunicar una experiencia de lectura. Me interesa entender cómo leen los demás, siempre me ha interesado eso.
A pesar de dejar uno sus más grandes vicios, Zambra conserva el viejo cenicero de su escritorio con algunas cenizas que quedaron de la última vez que fumó y que se olvidó limpiar.
Es extraño. Ya no le vienen ganas de fumar.
Dice que en marzo se volverá a sentar frente a su computador para comenzar una nueva novela. Zambra no cree en eso de que publicar sea comparable con parir. Más bien, lo semeja a cuando los hijos se van de la casa: «Publicas tus libros y ya no puedes hacer nada por ellos. Quieres que les vaya bien, pero al poco tiempo los olvidas porque quieres escribir otro y no hay nada más urgente que ese deseo. Nada».



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