martes, 18 de marzo de 2014

Alberto Fuguet Suda en Iquitos y escribe el guión de su cuarta película en Santiago

Escribe: Cristian Ortega Puppo
Para Asiasur (Lima, Perú)

Existe una famosa broma norteamericana que dice «no soy famoso aquí, pero en Japón me quieren». En la historia de Alberto Fuguet esa broma se convirtió en una dura realidad. Y es que al escritor y cineasta chileno de 47 años, uno de los mejores de su generación, autor de trece libros y tres películas hasta hoy, y elegido por la revista Time y la CNN como uno de los cincuenta líderes latinoamericanos del nuevo milenio no lo comenzaron a querer en Chile. Ni en Argentina. Ni en Estados Unidos. No. Fuguet empezó a volverse famoso en el Perú.
«El hecho de que existan muchos países solo provoca problemas económicos, guerras, celos. Pero, a nivel artístico, el hecho de que existan países distintos es supercool, porque implica que uno puede tener lugares en donde te quieran más que en tu país de origen. Y eso casi se da en todas las obras y todos los artistas», cuenta Fuguet vía Skype desde su casa, en Santiago. Dice que ahora anda ocupado escribiendo el guión de su cuarta película, que filmará en la selva peruana, en Iquitos. El rodaje empezará en enero de 2013. Se llamará Sudor. Dice que siempre quiso filmar en el país que lo leyó primero.

¿Cuál es la cercanía que tienes con Perú?
Lo que pasó con Perú fue muy sincero, muy raro. Fue el primer país que me leyó, el primer país al que di una entrevista. Vino un peruano en bus a Santiago y me entrevistó para un diario. Ahí empezó. No fue un país que yo traté de conquistar o un país que traté de seducir. Ellos se acercaron a mí y de nuevo se acercan a mí, y yo me siento súper ligado, y después quisieron hacer una película basada en un libro mío (Tinta Roja) y ahora yo quiero filmar ahí. Además, mi escritor favorito latinoamericano es Mario Vargas Llosa. Es, como dicen algunos roqueros: «Dios inventó el extranjero para los artistas».


¿De qué se trata tu nuevo proyecto cinematográfico en la selva de Iquitos?
Hay una invitación de Perú, de hace un buen tiempo, pero que me costó mucho tomar la decisión. Porque me daba miedo. Porque me da mucho miedo artísticamente filmar o escribir sobre lugares que no conozco y odio las películas que yo llamo «de turistas». Me cargan los estereotipos. Lo que algunos llaman «la maldita mirada del turista», el que ve, pero no entiende. Mientras pensaba qué filmar en la selva peruana, en el Amazonas, fui a grabar Música Campesina a Nashville, Tennessee. Ahora me siento mucho más cómodo, después de haber filmado en otro país, incluso en otro idioma, y creo que sí lo puedo hacer en Perú.


He leído que la filmación de Música Campesina se hizo al estilo «guerrilla», grabando sin permiso y arrancando. ¿Fue así?
Se mitifica mucho, porque de arrancar, arrancamos una vez, nos agarramos a chuchás en otra, y en otra tuvimos miedo de que nos mataran porque estaban vendiendo crack. Pero no era guerrilla pura. Sí la idea de no pedir permiso, pero a veces lo pedíamos. Tiene algo de sentido común. Si me meto a tu casa sin permiso sería tonto, es mejor preguntarte si me prestas tu pieza. Pero en un parque me parece que no hace falta pedir permiso.


Fuguet, el observador


Alberto tiene el ojo afilado de un narrador para encontrar los engranajes de la sociedad y reproducirlos en sus libros y películas. Personajes solitarios, pero que no están muriendo ni sufriendo. O, por lo menos, no sufren más que cualquiera. Tú, yo, el del lado, el del auto. Sufren. Lloran. Aun así, no hay una obra de Alberto en donde los personajes no hayan sido felices, aunque sea por un instante.


¿Qué tipo de gente te das cuenta que tiene más feedback contigo, con tus películas y libros?
El estereotipo dice que es joven. Yo creo que eso es relativo. Joven es una palabra que ha cambiado. Joven, antes, era no afeitarse. Ahora yo creo que es más una forma de ver la vida. Hoy, en términos etarios, supongo que ha ido mutando. Lo capto con algunos libros míos, por ejemplo Mala Onda, que tiene lectores menores que el libro. Creo que alguna gente puede enganchar desde los dieciséis hasta los sesenta años. A partir de los treinta para arriba es gente que no se creyó el cuento de la adultez. Saben que siguen siendo un poco adolescentes o pendejos en su mente, saben que probablemente viven peor que sus padres. Me fascina que hoy los adulto-jóvenes de treinta o cuarenta compitan mano a mano con los de veinte; en ropa, en minas, en drogas, en modas, en quién es más flaco. Hoy, los de cuarenta usan tatuajes y se desnudan en público y usan aros y van a recitales. No estoy diciendo que eso sea malo o bueno, pero es curioso. Mi público es urbano, joven en el sentido que es curioso, que está abierto a cosas nuevas, que no vive encerrado. O muchos viven encerrados, pero están conectados al mundo a través de los nuevos formatos de comunicación y que creen en lo que yo llamo «La Santa Trinidad».

¿Cómo es eso de La Santa Trinidad?


Cuando salí a la calle con mi primer libro, la literatura era una cosa, el cine era otra, la música, otra. Y la música, era música clásica. La gente que escuchaba rock era drogadicta. Creo que eso ha cambiado, pero todavía queda. Todavía hay suplementos, hay críticos, hay gente que lee y que jamás se le ocurriría ir al cine, o si van es por panorama, o lo ven como un arte menor para entretenerse. Y viceversa. Hay un montón de cineastas que no leen porque les da lata o porque no les interesa. Yo creo que mi público cumple con esas tres cosas.

Las películas de su vida
Si Fuguet tuviera hoy veinte años nunca escribiría un libro. Sería como los protagonistas de sus cintas. Bajaría Torrents todo el día y estudiaría Cine. Grabaría películas con su celular o con una cámara barata. La literatura sería un pasatiempo. Mala Onda sería una película de garaje y Sobredosis, un grupo de cortometrajes grabados con un iPhone. Es posible. Pero Fuguet ya no tiene veinte. Aunque no por eso ha dejado de sorprender con su mirada.

Además de ser elegida la Mejor Película en la última versión del Festival de Cine de Valdivia (el más importante de Chile), Música Campesina se llevó el premio Movie City, que le da distribución en toda Latinoamérica. Más de 6 millones de espectadores podrán ver la película. ¿Qué significa para ti y tu equipo este premio?


Es bueno por cinco lados. En esto, como en todas las profesiones del mundo y todas las industrias, supongo, es muy difícil romper la barrera para entrar. Y después es muy difícil salirse. Es como El Padrino: «Cuando me quiero salir, me empujan para entrar», dice Al Pacino. Movie City permite entrar al mundo del cable, que es súper difícil. Las de HBO, Movie City y Showtime son películas que el 90% vienen de Hollywood, y el 10% restante es de gente que se conoció en festivales. Ganamos por programadores que se dedican a ver qué es lo que quiere la gente, o qué puede funcionar en América Latina. Además, el premio incluye 30 mil dólares. O sea, te pagan un precio bastante alto por la película, que probablemente si la hubiéramos negociado por nuestra parte sería bastante menor. Y para mí esos dólares no implican comprar un nuevo auto o renovar tu vestuario. Yo no quiero hacer una película de 500 mil dólares, quiero pasar de veinte a cincuenta. Ahora, esos cincuenta no los quiero para comer mejor en el set o tenga el deseo de viajar en business, sino porque quiero filmar en la selva peruana. Tengo que llevar gente a Perú y alojarlos en hoteles. Es más caro que hacer una película en Santiago.


¿Tus libros fueron escritos para alguna vez ser filmados?
En un momento pensé: «¿cómo hago guiones, cómo hago películas en un país donde no hay cine, donde hay dictadura, no hay escuelas de cine, no hay cámaras?». Y yo creía que el cine era para la gente suertuda que había nacido donde yo me había criado (California), y eso más rabia me daba. Todos mis ex compañeros iban a estar ligados al cine y yo vivía en el puto Chile. Capté que la verdad importante del cine no eran las estrellas ni las limusinas, sino contar historias, y que quizá yo podía hacer mis propias películas por escrito y no tenía que pedir plata. Y de alguna manera Mala Onda y Sobredosis surgieron como posibles cortos. Hoy tengo muy claro que si tuviera veinte años hubiera estudiado Comunicación Audiovisual y Mala Onda habría sido una película.


domingo, diciembre 11, 2011

Buscar a Sara Rivadeneira

       Preguntó si allí vendía empanadas Alba, la viuda de Enrique. Acá vivió y trabajó, pero eso fue hace mucho, contestó un hombre viejo alegremente. Qué pena más grande, contestó Facundo, hace doce días que la busco y pronto tendré que volver a Valparaíso. El Hombre Viejo lo hizo pasar, le dijo que estaba a punto de almorzar y si quería acompañarlo. Facundo dijo que sí, por supuesto. Después el Hombre Viejo le confesó que hace ya dos años Alba había muerto. De pronto el Hombre Viejo pareció entristecerse, y Facundo se dijo que la culpa era suya. El Hombre Viejo había conocido a Alba y tenía una buena impresión de ella: una  mujer de carácter fuerte, de esas italianas mañosas, pero en el fondo con un corazón enorme. Yo no la conocí, dijo Facundo, en realidad la buscaba para entregarle la noticia de la muerte de su hija, pero creo que es mejor así, siempre es terrible decirle a alguien que se le ha muerto un hijo. Eso es imposible, dijo el Hombre Viejo. Ella sólo tenía una hija, y ésta aún estaba viva cuando Alba murió. Eso lo sé bien, pues fui muy cercano a ella. Facundo sintió que la cazuela le quemaba el estómago. ¿Sólo una hija? Sí, una solterona muy buena para hablar, no sé por qué no se casó nunca, supongo que era insegura de sí misma, por eso hablaba tanto. Entonces debemos estar confundidos, debemos estar hablando de familias diferentes. ¿La hija de Alba ya no vive en Chiloé? Murió el año pasado, en un hospital de Puerto Montt, eso me dijeron, éramos cercanos, pero nunca la fui a ver al hospital, no teníamos una amistad tan grande. ¿De qué murió? Creo que de cáncer, dijo el Hombre Viejo mirando el techo. ¿Era comunista, no?, dijo Facundo apenas sacando la voz. Puede ser, dijo el Hombre Viejo otra vez alegre, tenía una sonrisa contagiosa como ninguna otra, en realidad era de izquierda, no comunista, de una izquierda silenciosa, como muchos de su generación. Quedaron así después del Golpe de 1973. ¿Era evangélica? No, dijo el Hombre Viejo, aunque puede ser, a mí las cuestiones de la religión no me interesan. Aunque si hubiera sido evangélica se le hubiera notado, ¿no cree? Yo creo que era atea. ¿Cómo se llamaba ella? Sara Rivadeneira. Sara Rivadeneira. ¿Y qué hacía? Era asistente social, aunque su afición era hacer tortas, pasteles, brazos de reina, lo que fuera que tuviera que ver con pastelería y postres, tenía un don para cocinar, pero sólo para cocinar cosas dulces. Sarita Rivadeneira. ¿Está enterrada en Castro? Me parece que sí, dijo el Hombre Viejo y volvió a entristecerse.

Así que Facundo fue al cementerio de Castro y durante todo un día, acompañado por uno de los cuidadores del lugar, a quien le ofreció una buena propina, buscó la tumba de Sara Rivadeneira, extrovertida, repostera excelente, y por más que buscó no la halló. 

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