Estoy pensando en escribir un texto (un cuento, quizás una novela, un amago de novela) que pase en Vilches. Vilches es un pueblo, una comuna, que queda al interior de Talca –pasando por San Clemente-, hacia el lado de la cordillera. Es un lugar extraño. Me acuerdo que estuve por ahí hace unos 15 años y me acuerdo que había un hotel fantasma. Un hotel grande, abandonado, con las ventanas y las puertas clausuradas, pero que igual podíamos entrar por una puerta clausurada forzada. Era un hotel inmenso, en medio de la nada. No me acuerdo si alguna vez supe por qué esa construcción inmensa estaba metida en medio de la nada. Era un hotel de lujo, se notaba. Tenía una piscina inmensa, llena de musgo. El hotel en sí, tenía una serie de muebles a mal traer. Incluso algunas mesas de juego. Mesas de póker. Rotas. Camas, o somieres de fierro antiguos. Se notaba que en las noches iban algunos mendigos a pasar el frío. Había restos de fogatas en algunas habitaciones y restos de botellas y vasos de plástico tirados en el suelo. Quizás eran los chicos del sector que encontraban que un hotel abandonado era el mejor lugar para sentarse a tomar un vino y conversar y hacer una fogata, puede ser. Vilches en sí era un lugar medio fantasma. El camino era de tierra suelta y en constante subida. Estábamos en la falda de la Cordillera de los Andes. Nos quedábamos en la casa de una tía de mi tía. Una tía de la esposa de mi tío. No me acuerdo su nombre, pero sí me acuerdo que era muy vieja, que vivía sola y que era ciega. Casi totalmente ciega. De eso me di cuenta después, cuando jugábamos carioca por las noches y ella, con la ayuda de una vela, podía interpretar los números y las pintas de las cartas. Casi siempre apuntaba con el color y el número. Era muy triste cuando ella creía que las cartas eran de corazón y en realidad eran diamantes. Cuando eso pasaba, ocurría un silencio incómodo. Nadie le decía que estaba mal inmediatamente, tampoco podíamos mentir y decir que estaba bien. No podíamos. O quizás sí, podíamos, pero nos daba miedo que ella supiera que le estábamos ayudando a ganar. Eso habría sido peor.
La casa era tipo A. en invierno nevaba mucho, y eso ayudaba a que la nieve no se acumulara en el techo. Nosotros fuimos en verano, durante dos semanas. El patio era grande, y tenía dos columpios. Lo mejor era que tras los alambres que dividían la propiedad no había nada. No habían casas, por lo menos. O sea, pasando los alambres que dividían la casa llegabas al bosque. Un bosque frondoso, con árboles enormes y viejos. Siempre había ruidos de animales que revoloteaban, pero, extrañamente, nunca vimos ningún animal. Seguramente eran ratones. O fantasmas. Pasando al bosque, caminando unos metros, encontrabas una cancha de baby fúbol. Era una cancha de baby fútbol en medio de la nada. De cemento, con dos arcos sin redes y con las líneas pintadas para jugar fútbol, vóley o tenis. Una multicacha, eso. Teníamos cuatro paletas de playa y un par de pelotas de tenis. Nadie sabía bien por qué llevar paletas de playa a la cordillera, pero la suerte nos dio la razón. Jugábamos tenis sin red. Mi tío ganaba haciendo trampas. También jugábamos fútbol con tiros de arco a arco. Cada vez que la pelota se iba lejos, se perdía en medio de los arbustos. Y ahí, cuando la buscaba, sentía el ruido de los fantasmas. Nunca vi nada, insisto. Quizás una lagartija, a lo más. Y los ruidos eran dignos de un zorro o de un perro. Para que la pelota no se nos fuera tan lejos, decidimos hacer tiros colocados y jugar sin las manos. Cada tiro era una especie de oda a los futbolistas búlgaros del mundial del 94. Tiros bellos y lentos que buscaban pasar por sobre una barrera imaginaria para dejar al arquero atornillado al suelo con cara de asombro al ver la pelota entrar a su arco. También estaba mi prima y mi prima jugaba vóley. Y en la entrada del terreno había una especie de arco que daba la bienvenida. Ese arco se transformó en nuestra red. Nos pasábamos horas jugando vóley, con las muñecas rojas. Y nos picábamos. Yo me picaba. Me picaba mucho, más que ahora. Eso es algo que perdí: el picarme. Picarse es algo muy bueno, muy sano. Para picarse hay que estar compitiendo por algo. Ahora no compito. No me pico.
Me picaba cuando corría. Con mi tío corríamos por los cerros. Él corría rápido, y yo lo trataba de seguir, pero cuando lo alcanzaba él corría más rápido y así hasta que terminaba muerto. Vomitando, una vez. En medio de arbustos secos y tierra suelta. Con un calor de once de la mañana en verano que quemaba la cabeza. Cuando vomitaba, mi tío me dejaba solo. Como si lo mío fuera algo simple, una niñería, flojera. Pero yo corría hasta que no podía más. Morí. Ere era el término. “Te moríste, hueón”. Cuando a mis amigos les decía que tal persona se murió corriendo, me miraban con ojos inmensos como si se hubiera muerto de verdad.
¿Murió?
Sí, murió.
¿Corriendo?
Sí, se murió al kilómetro 30.
Harto tiempo después supe que mi comentario los alejó del atletismo. No querían morir corriendo en un kilómetro 30. Jugar fútbol era más fácil. Nadie se moría jugando fútbol. Por lo menos en esa época, nadie se moría jugando a la pelota.

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